Europa debe apostar por la calidad de los productos que fabrica

Mario Cantalapiedra – Economista

Para los economistas hay un concepto básico muy presente en los análisis que realizamos y que no es otro que el de la eficiencia económica. De hecho definimos el problema económico como la asignación eficiente de recursos escasos para satisfacer las necesidades ilimitadas de la sociedad. Y dicha asignación eficiente supone, ni más ni menos que, utilizar al mínimo los recursos que están disponibles, es decir, hacer las cosas al menor coste posible.

Con el proceso de globalización de la economía mundial vivido en las últimas décadas, las posibilidades de encontrar lo más eficiente se han multiplicado. En la actualidad el sistema de producción que consigue fabricar al menor coste puede ubicarse en cualquier parte del mundo. En esta tesitura Europa y sus grandes corporaciones empresariales se han embarcado en una espiral de búsqueda de mayor eficiencia a costa de deslocalizar sus procesos fabriles, de irse de aquí para instalarse en el exterior, con el foco asiático como destino preferente. El problema es que para las empresas que todavía mantienen sus fabricas instaladas en el viejo continente se hace imposible competir con el coste de mano de obra que los países asiáticos pueden ofrecer, con China a la cabeza, paradigma mundial de la producción barata, el país más eficiente, el que parece que va a marcar el devenir de la economía global en los próximos años. Lo cierto es que sería interesante también analizar las circunstancias concretas que hacen que la mano de obra asiática sea tan barata, pero me temo que ante una búsqueda casi obsesiva de la eficiencia económica este aspecto ha quedado relegado a un segundo plano.

Por mucho que Europa, instalada en su profunda crisis, se empeñe en abaratar el coste de su mano de obra no parece que pueda rivalizar a corto plazo con Asia. Si no se reacciona a tiempo y se buscan nuevos canales para competir, el riesgo de que el continente europeo pase a convertirse en un mero balneario al que los ricos asiáticos vengan a pasar sus temporadas de holganza está presente. La pregunta es que si los procesos fabriles radicados en Europa no pueden mejorar la cantidad, el coste que China y los países de su entorno ofrecen, ¿qué pueden hacer entonces? Se me ocurre que pueden aventajarlos en la calidad de los productos fabricados, ahí Europa puede y debe ganar la partida.

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