Mario Cantalapiedra – Economista

Recientemente durante la celebración de unas jornadas formativas tuve la oportunidad de coincidir con los responsables de una sociedad cooperativa de crédito agrícola, los cuales me comentaron como su entidad, en los peores años de la crisis, había conseguido capear el temporal con una baja tasa de morosidad, que actualmente cifraban en el 3,33 por ciento, dato que, a buen seguro, desearían para ellas muchas entidades financieras competidoras. En la opinión de los directivos de esta cooperativa, el que su entidad no hubiera entrado en el “ladrillo” durante estos años había sido el elemento fundamental que explicaba la bondad del dato. Me confesaron que, no obstante, el no acudir al negocio inmobiliario fue una decisión difícil de tomar en un momento en el que la mayor parte del sector financiero sí optaba por hacerlo. Cierto es que en ella pesaron bastante las características de su actividad que, sin dejar de ser financiera, tiene sus propias peculiaridades, las cuales no siempre son conocidas.

Piensa que las cooperativas de crédito participan de una doble naturaleza que les hace ser al mismo tiempo cooperativas y entidades de crédito, estando sometidas tanto a la legislación que regula a las primeras, para sus aspectos sociales, como a la que afecta a las segundas, para sus aspectos económicos y financieros. Realmente pueden realizar las mismas operaciones de activo, pasivo y de servicios que el resto de entidades de crédito, pero, eso sí, teniendo siempre una especial atención a las necesidades de sus socios, aunque puedan trabajar también con terceros. Esta especial atención se materializa en que el conjunto de las operaciones activas (préstamos, créditos, etcétera) que mantengan con terceros no puede alcanzar el límite del 50 por 100 de sus recursos totales.

En la práctica encontrarás cajas rurales o cooperativas de crédito agrícola, que tienen por objeto fundamental financiar las actividades agrícolas, ganaderas, forestales y aquellas otras que mejoren las condiciones en el ámbito rural, y cooperativas de crédito no agrarias con un ámbito de actuación industrial o urbano.

La cooperativa de crédito agrícola que me ha dado pie para escribir el post, ocupada fundamentalmente en conceder crédito a sus socios agricultores para que pudiesen hacer frente a los pagos originados por sus campañas, relegó a un segundo plano el negocio inmobiliario y así pudo sortear la morosidad que éste trajo después. Seguramente otras entidades mucho más grandes hubieran seguido su ejemplo de saber la que les venía encima.