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Criterios objetivos y transparencia en la concesión de ayudas a las empresas

Mario Cantalapiedra – Economista

El Gobierno español parece tener claro de que será necesario ayudar más al tejido empresarial si no quiere ver cómo se dispara la cifra de quiebras en nuestro país. Por lo que acaba de anunciar la ministra Calviño, está esperando la autorización de Europa para lanzar un programa de ayudas directas a las empresas.

El problema es que este nuevo apoyo público no va a poder alcanzar a todas las empresas. Al principio de la pandemia se intentó ayudarlas de forma generalizada para que superaran sus dificultades de liquidez. Para ello, se utilizaron fundamentalmente los préstamos avalados por el ICO, pero ahora estamos hablando de algo distinto, de proteger solamente a empresas que se consideren viables.

Desde Europa, que en última instancia es la que nos va a facilitar el dinero, ya se ha indicado que se ha de favorecer a compañías viables, no sea que por tratar de llegar a todas no se llegue a ninguna, algo que ya ocurrió en la crisis de 2008. Evidentemente habrá que prever mecanismos para no dejar en la estacada a la demás, como, por ejemplo, la mejora de la ley de segunda oportunidad a través de la exoneración de las deudas con los acreedores públicos.

Entre las posibles soluciones que se está planteando para empresas endeudadas con préstamos avalados por el ICO, que presenten dificultades para devolverlos, pero que se consideren viables, figuran las siguientes:

  • La prórroga de plazos de los préstamos vigentes, permitiendo devolverlos con mayor facilidad.
  • Las quitas de parte de la deuda, esto es perdonar una parte del dinero que se ha prestado a las empresas.
  • La inyección de dinero público nuevo vía subvenciones a fondo perdido.
  • La conversión de los préstamos avalados por el ICO a préstamos participativos, en los cuales el pago de intereses (una parte) se ajusta al ciclo económico que atraviesa la empresa, de tal modo que si a ésta le va bien, el prestamista, en este caso, el Estado, percibe una mayor remuneración.

Sacrificar a algunas empresas que, a priori, no tienen posibilidades de sobrevivir para poder atender a otras que sí puedan hacerlo, exigirá de una labor casi de cirujanos. Habrá que determinar qué empresas estaban mal antes de la pandemia y diferenciarlas de aquellas cuyos problemas han sido originados por el coronavirus, pero que antes eran viables. En esta labor serán necesarios criterios objetivos y mucha transparencia, evitando tomar decisiones arbitrarias y huyendo de favorecer a redes clientelares.

 

Europa debe apostar por la calidad de los productos que fabrica

Mario Cantalapiedra – Economista

Para los economistas hay un concepto básico muy presente en los análisis que realizamos y que no es otro que el de la eficiencia económica. De hecho definimos el problema económico como la asignación eficiente de recursos escasos para satisfacer las necesidades ilimitadas de la sociedad. Y dicha asignación eficiente supone, ni más ni menos que, utilizar al mínimo los recursos que están disponibles, es decir, hacer las cosas al menor coste posible.

Con el proceso de globalización de la economía mundial vivido en las últimas décadas, las posibilidades de encontrar lo más eficiente se han multiplicado. En la actualidad el sistema de producción que consigue fabricar al menor coste puede ubicarse en cualquier parte del mundo. En esta tesitura Europa y sus grandes corporaciones empresariales se han embarcado en una espiral de búsqueda de mayor eficiencia a costa de deslocalizar sus procesos fabriles, de irse de aquí para instalarse en el exterior, con el foco asiático como destino preferente. El problema es que para las empresas que todavía mantienen sus fabricas instaladas en el viejo continente se hace imposible competir con el coste de mano de obra que los países asiáticos pueden ofrecer, con China a la cabeza, paradigma mundial de la producción barata, el país más eficiente, el que parece que va a marcar el devenir de la economía global en los próximos años. Lo cierto es que sería interesante también analizar las circunstancias concretas que hacen que la mano de obra asiática sea tan barata, pero me temo que ante una búsqueda casi obsesiva de la eficiencia económica este aspecto ha quedado relegado a un segundo plano.

Por mucho que Europa, instalada en su profunda crisis, se empeñe en abaratar el coste de su mano de obra no parece que pueda rivalizar a corto plazo con Asia. Si no se reacciona a tiempo y se buscan nuevos canales para competir, el riesgo de que el continente europeo pase a convertirse en un mero balneario al que los ricos asiáticos vengan a pasar sus temporadas de holganza está presente. La pregunta es que si los procesos fabriles radicados en Europa no pueden mejorar la cantidad, el coste que China y los países de su entorno ofrecen, ¿qué pueden hacer entonces? Se me ocurre que pueden aventajarlos en la calidad de los productos fabricados, ahí Europa puede y debe ganar la partida.